
Entre el paisaje que admiramos, la naturaleza que evitamos y las ideas que condicionan nuestra forma de mirarla.
Cuaderno de campo · Ensayo editorial
Es fácil declararse amante de la naturaleza cuando imaginamos un bosque al amanecer, una montaña cubierta de nieve o el sonido de un arroyo. La cosa se complica cuando aparecen los mosquitos, una ola de calor o una avispa empeñada en compartir nuestra comida.
Porque, reconozcámoslo, nuestra relación con la naturaleza tiene algo de selectiva.
Nos entusiasma contemplar un paisaje salvaje, pero preferimos que el sendero esté despejado. Celebramos la biodiversidad, aunque determinadas especies nos parezcan bastante menos celebrables cuando aparecen en casa. Y nos encanta la lluvia, especialmente cuando podemos observarla desde una ventana.
No hay nada necesariamente contradictorio en ello. Pero sí una pregunta interesante: ¿amamos realmente la naturaleza o solamente determinadas versiones de ella?
La cuestión parece sencilla hasta que intentamos responderla.
¿De qué hablamos cuando hablamos de naturaleza?
Si alguien nos pide que imaginemos la naturaleza, probablemente pensemos en un bosque, un río, un animal o un paisaje sin edificios.
Rara vez imaginamos una ciudad.
Sin embargo, un árbol que crece entre dos aceras sigue siendo un árbol. Las plantas que aparecen en las grietas del pavimento no han dejado de formar parte del mundo natural. Y nosotros mismos, por mucho que construyamos edificios, carreteras y teléfonos inteligentes, seguimos siendo organismos biológicos.
La separación entre humanidad y naturaleza resulta práctica para hablar de determinados entornos, pero se vuelve menos evidente cuando intentamos definirla.
Aristóteles ya se enfrentó a una cuestión relacionada. En el segundo libro de su Física, distinguió las cosas naturales de los productos del arte o la técnica atendiendo, entre otras cuestiones, a si poseen en sí mismas un principio de movimiento, cambio o reposo.
Una planta crece y se transforma mediante procesos que forman parte de su propia constitución. Una mesa, en cambio, no se convierte por sí sola en otra mesa.
La distinción aristotélica es más compleja que este ejemplo, y no coincide exactamente con nuestra división actual entre espacios naturales y artificiales. Pero sirve para introducir una dificultad: la naturaleza no es simplemente lo que encontramos fuera de las ciudades.
Quizá una parte de nuestro problema consiste en que confundimos la naturaleza con los escenarios donde preferimos encontrarla.
¿Es bella la naturaleza o la hacemos bella al mirarla?
Imaginemos dos fotografías.
La primera muestra un bosque cubierto de niebla. Unas pocas luces atraviesan las ramas y el conjunto parece diseñado para una revista de viajes.
La segunda presenta una rata topo desnuda, un animal de aspecto singular que difícilmente protagonizaría la publicidad de un balneario.
Ambas pertenecen al mundo natural.
¿Por qué una nos parece hermosa y la otra puede producirnos rechazo?
En su ensayo Sobre la norma del gusto, publicado en 1757, el filósofo David Hume abordó la relación entre la belleza y quien la contempla.
Su reflexión parte de una observación: distintas personas pueden experimentar impresiones estéticas diferentes ante un mismo objeto.
Esto no significa que Hume considerase todos los juicios estéticos igualmente fundamentados. También se preguntó por el papel de la experiencia, la comparación y el criterio en la formación del gusto.
Pero su planteamiento introduce una cuestión valiosa: cuando afirmamos que algo es bello, estamos hablando tanto de lo que observamos como de nuestra manera de apreciarlo.
Pensemos en una telaraña.
Para alguien puede ser una molestia que conviene retirar. Otra persona puede admirar su geometría. Un especialista podría interesarse por las propiedades de la seda o por el comportamiento de la araña que la construyó.
El objeto es el mismo. Las preguntas y las valoraciones no.
Y aquí aparece una posibilidad interesante: conocer algo puede cambiar nuestra relación con ello, aunque no necesariamente termine gustándonos.
Podemos encontrar fascinante el comportamiento de un animal y seguir prefiriendo mantener cierta distancia.
La curiosidad no exige entusiasmo incondicional.
La naturaleza que no sale en las fotografías
Existe otra forma de seleccionar la naturaleza: mediante las imágenes.
Una fotografía permite aislar un instante, elegir un encuadre y eliminar todo lo que queda fuera de él.
Podemos admirar la imagen de un bosque sin experimentar su humedad, su temperatura, sus olores o sus insectos. Un paisaje fotografiado puede parecernos tranquilo aunque, mientras se tomaba la imagen, el viento fuese insoportable.
Nada de esto resta valor a la fotografía. Al contrario: las imágenes nos permiten descubrir formas, colores y detalles que de otro modo quizá pasaríamos por alto.
Pero una representación de la naturaleza y una experiencia directa de ella no son exactamente lo mismo.
La fotografía selecciona. La experiencia nos sitúa dentro de un entorno que no controlamos por completo.
Y no siempre resulta agradable.
La naturaleza incluye sequías, enfermedades, descomposición, depredación y competencia entre organismos. Los mismos procesos que sostienen determinadas formas de vida pueden representar una amenaza para otras.
Tampoco todo lo natural es necesariamente beneficioso para nosotros.
El polen puede formar parte de un proceso reproductivo fascinante y provocar, al mismo tiempo, una reacción alérgica. Una tormenta puede ser visualmente extraordinaria y exigir precauciones muy reales.
Esto cuestiona una asociación habitual: naturaleza, belleza y bienestar no son sinónimos.
Quizá resulte más interesante comprender esa complejidad que intentar convertir el mundo natural en una sucesión de estampas agradables.
Lo que Thoreau fue a buscar a Walden
En 1845, Henry David Thoreau comenzó una experiencia que terminaría convirtiéndose en uno de los relatos más conocidos sobre la relación entre el ser humano, la naturaleza y la vida cotidiana.
Construyó una pequeña casa junto a la laguna de Walden, cerca de Concord, Massachusetts, y pasó allí algo más de dos años.
En Walden, publicado en 1854, no se limitó a describir árboles, animales o paisajes. También reflexionó sobre el trabajo, las posesiones, las convenciones sociales y la manera en que empleamos nuestro tiempo.
Uno de sus propósitos era vivir deliberadamente: examinar qué consideraba esencial y qué aspectos de su vida aceptaba simplemente por costumbre.
Thoreau no vivió completamente aislado de la sociedad ni su experiencia constituye una receta universal para alcanzar una vida mejor.
Tampoco necesitamos compartir todas sus convicciones para encontrar valor en sus preguntas.
Lo que me parece especialmente sugerente es su disposición a convertir una idea en una experiencia que pudiera observar, describir y someter a reflexión.
En lugar de limitarse a defender una vida más sencilla, intentó ensayarla.
Y aquí es donde Walden sigue ofreciendo una inspiración interesante.
No porque todos debamos mudarnos a una cabaña —entre otras cosas, habría que explicar qué hacemos con nuestras obligaciones y con la conexión a internet—, sino porque invita a cuestionar aquello que damos por supuesto.
¿Por qué consideramos necesario lo que consideramos necesario? ¿De dónde proceden nuestras preferencias? ¿Qué aspectos de la vida cotidiana dejamos de examinar porque se han convertido en costumbre?
Podemos trasladar algunas de esas preguntas a nuestra relación con la naturaleza.
Tal vez alguien descubra que disfruta enormemente cultivando un pequeño huerto. Otra persona puede encontrar más interés en estudiar un fenómeno natural que en pasear por el campo. Una tercera quizá prefiera vivir en una ciudad y visitar ocasionalmente un entorno natural.
No tenemos por qué llegar todos a la misma conclusión.
Lo importante de una experiencia deliberada es que permite contrastar nuestras ideas con lo que realmente vivimos.
¿Hace falta amar algo para querer comprenderlo?
A menudo presentamos la naturaleza como algo que deberíamos apreciar.
Pero quizá esa expectativa resulte innecesaria.
No necesitamos encontrar hermoso un insecto para interesarnos por su comportamiento. Tampoco tenemos que disfrutar de una tormenta para querer comprender cómo se forma.
Incluso el rechazo puede convertirse en una pregunta.
¿Por qué nos produce inquietud un animal determinado? ¿Qué sabemos realmente de él? ¿Qué parte de nuestra reacción procede de una experiencia y qué parte de una imagen, un recuerdo o una idea adquirida?
Hacerse esas preguntas no obliga a cambiar de opinión.
Una persona puede conocer perfectamente el papel ecológico de las avispas y seguir sin querer una junto a su plato.
Y está en su derecho.
La comprensión no garantiza admiración, del mismo modo que la admiración no garantiza conocimiento.
Podemos amar un paisaje sin saber casi nada de los procesos que lo han formado. Y podemos estudiar con fascinación organismos que jamás consideraríamos bellos.
Son relaciones diferentes con el mundo natural. Ninguna necesita excluir a las demás.
Cultivar otra forma de mirar
Volvamos a aquel bosque del principio.
Quizá la próxima vez que lo visitemos nos detengamos ante algo que antes habríamos ignorado: un líquen sobre la corteza, una planta creciendo donde parecía imposible o un rastro cuya procedencia desconocemos.
Podemos limitarnos a contemplarlo, fotografiarlo o hacernos una pregunta.
Si decidimos investigar, tal vez descubramos que nuestra primera explicación era equivocada. O que aquello que parecía insignificante está relacionado con procesos mucho más amplios.
También puede suceder que no descubramos nada extraordinario.
Y eso está bien.
No todas las observaciones necesitan convertirse en una revelación. No todas las experiencias tienen que enseñarnos una lección. A veces un paseo es simplemente un paseo.
En Jardín y Menta nos interesa precisamente esa libertad para aproximarnos al mundo natural desde distintas perspectivas: cultivar, observar, investigar, experimentar, disfrutar o discrepar.
Sin convertir la naturaleza en una obligación moral ni dar por hecho que todo lo natural merece admiración.
Puede que no todos amemos la naturaleza. Puede que ni siquiera sepamos muy bien qué queremos decir cuando afirmamos que la amamos.
Pero quizá no haga falta encontrarla siempre hermosa para considerarla digna de nuestra atención.
Y a veces una nueva forma de mirar empieza exactamente ahí: cuando dejamos de buscar únicamente lo que ya sabemos que nos gusta.
Fuentes y lecturas
Las siguientes obras sirven como referencias filosóficas e inspiración para este ensayo. Las reflexiones y ejemplos contemporáneos son interpretaciones editoriales de Jardín y Menta, no afirmaciones atribuidas a estos autores.
- Aristóteles (siglo IV a. C.). Física, libro II, capítulo 1. Distinción entre los principios de cambio de las cosas naturales y los objetos producidos por la técnica. Consultar texto.
- Hume, David (1757). Of the Standard of Taste (Sobre la norma del gusto). Reflexión sobre la belleza, el juicio estético y las diferencias entre observadores. Consultar texto original.
- Thoreau, Henry David (1854). Walden; or, Life in the Woods, especialmente «Where I Lived, and What I Lived For». Experiencia deliberada, observación y examen crítico de la vida cotidiana. Consultar el capítulo.
Nota editorial: este artículo es un ensayo de reflexión, no una investigación empírica. Las situaciones hipotéticas se emplean para explorar sus preguntas, no como resultados experimentales.
